México se ratifica como un auténtico vergel agrícola gracias a sus condiciones climáticas privilegiadas, que permiten el florecimiento de frutos excepcionales como la guayaba rosa (Psidium guajava). Este fruto, perteneciente a la familia Myrtaceae, es originario de las zonas tropicales de América y crece en árboles que pueden alcanzar hasta los 10 metros de altura.
En nuestro país, la guayaba tiene una presencia silvestre que se extiende desde el sur de Tamaulipas hasta el este de San Luis Potosí, consolidando a México como el quinto productor y exportador mundial de esta delicia, con un consumo promedio de 2.4 kilos por persona al año.

La variante rosada destaca sobre la amarilla por su mayor tamaño, pulpa cremosa y un perfil de sabor más dulce y menos ácido, lo que la convierte en la favorita para la elaboración de jugos, postres y mermeladas. Más allá de su valor gastronómico, la guayaba rosa es una «superfruta» con una fragancia intensa y una concentración de vitamina C superior a otras variedades. Su temporada fuerte de cosecha ocurre entre junio y el periodo de septiembre a diciembre, coincidiendo estratégicamente con la necesidad de reforzar el sistema inmunológico durante los meses más fríos.

Finalmente, la relevancia de la guayaba rosa trasciende la cocina debido a sus múltiples propiedades medicinales. Gracias a sus altos niveles de fibra, actúa como un laxante natural, mientras que sus compuestos hipoglicémicos contribuyen a disminuir los niveles de glucosa en la sangre. Además del consumo del fruto, sus hojas son ampliamente utilizadas en infusiones para aprovechar sus beneficios. Con estados como Michoacán, Aguascalientes y Zacatecas liderando su producción, este cultivo no solo representa un pilar económico, sino también una herramienta vital para la salud pública en la temporada invernal.

