El inicio de un nuevo año suele venir acompañado de una fuerte carga de motivación. Nos sentimos inspirados, llenos de energía y convencidos de que esta vez sí lograremos sostener nuestros propósitos. Sin embargo, con el paso de las semanas, ese entusiasmo inicial tiende a disminuir. Esto no es un fracaso personal, sino una reacción natural del cerebro. La verdadera clave no está en mantener la motivación intacta, sino en transformarla en disciplina.
La motivación es, por definición, una emoción fluctuante. Depende del estado de ánimo, del contexto y de las recompensas inmediatas. En los primeros días del año, el cerebro responde con entusiasmo ante la novedad y la ilusión del cambio. Pero cuando la rutina vuelve y los resultados no son inmediatos, esa emoción se debilita. La disciplina, en cambio, no se basa en sentir ganas, sino en sostener acciones incluso cuando la motivación no está presente.
Uno de los primeros pasos para consolidar la motivación es redefinir las metas. Desde la psicología del comportamiento, sabemos que los objetivos claros y específicos son más fáciles de sostener. Metas demasiado grandes o abstractas generan agotamiento y desorientación. Dividir un propósito anual en hábitos pequeños y diarios permite que el cerebro experimente logros frecuentes, reforzando el compromiso a largo plazo.
Otra estrategia clave es diseñar el entorno a favor del hábito. La disciplina no depende solo de la fuerza de voluntad, sino de reducir la fricción. Preparar con anticipación lo necesario para cumplir una acción (dejar la ropa lista, agendar horarios, eliminar distracciones) disminuye el esfuerzo mental requerido. Cuando el entorno acompaña, la acción se vuelve más automática y menos dependiente del estado emocional.
La consistencia también se fortalece cuando redefinimos nuestra identidad. En lugar de pensar “quiero hacer ejercicio”, es más efectivo adoptar la idea de “soy una persona que se mueve con regularidad”. Este cambio de enfoque ayuda a que el comportamiento esté alineado con la autoimagen, haciendo que la disciplina se sienta más natural y menos forzada.
Aceptar la imperfección es otro elemento fundamental. Muchos abandonos ocurren porque se interpreta un error como un fracaso total. La disciplina se construye desde la continuidad, no desde la perfección. Retomar el hábito después de una pausa refuerza más la constancia que nunca fallar. Aprender a volver, sin castigarnos, es parte del proceso.
Finalmente, es importante revisar el sentido profundo del objetivo. La motivación se sostiene mejor cuando está conectada con valores personales y no solo con resultados externos. Preguntarnos para qué queremos ese cambio, qué necesidad emocional satisface y cómo mejora nuestra vida, devuelve significado a la disciplina diaria.
Mantener la motivación de Año Nuevo no consiste en aferrarse al entusiasmo inicial, sino en aprender a avanzar incluso cuando este se desvanece. Cuando transformamos la motivación en disciplina consciente, el cambio deja de depender del ánimo y comienza a apoyarse en la coherencia con quienes queremos ser.
Estefanía López Paulín
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