Cada fin de año, el mismo fenómeno se repite: listas de propósitos, metas ambiciosas y una sensación colectiva de entusiasmo por empezar “de cero”. El Año Nuevo se convierte en un símbolo poderoso de cambio, una especie de frontera psicológica que nos invita a dejar atrás lo que no funcionó y a proyectarnos hacia una versión mejor de nosotros mismos. Pero ¿por qué nos emocionamos tanto con los nuevos objetivos y por qué, con la misma intensidad, muchos de ellos se diluyen con el paso de las semanas?
El atractivo de los propósitos de Año Nuevo se explica en parte por el llamado efecto del nuevo comienzo. Fechas simbólicas como el 1 de enero nos permiten reorganizar nuestra identidad y separar mentalmente nuestros errores pasados de nuestras intenciones futuras. Esta división genera esperanza y motivación, dos emociones clave para el cambio. Nos ilusiona pensar que el calendario, al renovarse, también puede hacerlo nuestra vida.
Además, establecer objetivos activa el sistema de recompensa del cerebro. Imaginar el logro (ser más saludables, más productivos, más tranquilos) produce una sensación anticipada de bienestar. En ese momento, la motivación es alta y la energía parece inagotable. El problema surge cuando esa motivación inicial se confunde con compromiso sostenido. La emoción del comienzo no siempre viene acompañada de una planificación realista, y ahí es donde aparece el desgaste.
Uno de los errores más frecuentes es plantear metas excesivas o poco concretas. “Cambiar de vida”, “ser mejor persona” o “lograr el equilibrio perfecto” suenan inspiradores, pero resultan psicológicamente abrumadores. Cuando los objetivos son vagos o demasiado exigentes, cualquier tropiezo se vive como un fracaso personal, lo que erosiona la motivación y aumenta la autocrítica. Así, la energía inicial se transforma rápidamente en frustración.
Para usar ese impulso sin quemarnos, es fundamental adoptar una mirada más compasiva y estratégica. Desde la psicología del cambio conductual, sabemos que los objetivos pequeños y alcanzables generan mayor adherencia. Dividir una meta grande en pasos concretos permite experimentar logros frecuentes, reforzando la motivación a largo plazo. No se trata de ir rápido, sino de sostener el movimiento.
También es importante revisar desde dónde nacen nuestros propósitos. ¿Son deseos auténticos o respuestas a presiones externas y comparaciones sociales? Cuando los objetivos están alineados con nuestros valores personales, el esfuerzo se siente más significativo y menos agotador. En cambio, perseguir metas que no nos representan suele conducir al abandono y al cansancio emocional.
Finalmente, aceptar que el cambio no es lineal puede aliviar gran parte del desgaste. Habrá pausas, retrocesos y ajustes, y eso no invalida el proceso. Usar la energía del Año Nuevo como un impulso inicial, pero acompañarla de paciencia, flexibilidad y autoconocimiento, puede transformar los propósitos en un camino de crecimiento real. Quizás el verdadero objetivo no sea cumplir una lista perfecta, sino aprender a avanzar sin perder el equilibrio en el intento.
Estefanía López Paulín
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