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Viernes, 24 de Mayo del 2019

De fogonazos

Por: Carlos Pérez G.

abril 27, 2019
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Era una y nada más. Pero, oigan, se trataba nada menos que de mi infancia y, bueno, fue más que feliz entre la familia y los amigos… tanto en la capital del estado como en el municipio de Santa María del Río (no sólo en la cabecera), e incluso a veces en la Ciudad de México o en Laredo y San Antonio Texas. Es estimulante volver a esos lugares de mis orígenes.

Estos días tan agradables de Pascua, aquí en la zona de la antigua hacienda ganadera de La Labor del Río, escribo notas a mano para luego capturarlas y enviarlas con ayuda de la computadora e internet. Digamos, el legendario hotel de Lourdes y sus alrededores me hacen recordar tiempos que parecían mejores… ya no digamos en lo personal, sino de manera especial para nuestro país.

Han sido pésimos los años de corrupción del último sexenio priista con Peña Nieto, como un acentuado corolario al también corrupto aprendizaje gubernamental del panismo foxista y calderonista en el período 2000-2012. Y antes, claro, se apreciaron también esfuerzos significativos para enderezar la economía después de la desventura populista del período 1970-82 con Luis Echeverría y José López Portillo.

El actual presidente tiene tan chueca la mira que sigue viendo el mundo al revés. Para él, los años 70 del siglo pasado fueron tan buenos que habría que volver a ellos hoy aunque el mundo sea otro, mientras que en los 36 años de 1982 a 2012 no se habrían tratado de corregir y estabilizar para estar en posibilidad de crecer de nuevo en la mayor medida alcanzable.

Es cierto que el sexenio de EPN fue un decepcionante desastre en términos de corrupción y desatención social… a tal grado que nos trajo a AMLO como presidente; con esperanzas válidas de cambio, sí, pero con una caprichuda ineptitud personal que se deriva de su ignorancia y sus complejos.

Surge de todo ello una narrativa que, más para mal que para bien, va escribiendo una historia al filo de un profundo desfiladero como el del viejo camino por el que se llegaba aquí a la orilla del río que se convierte en el Moctezuma y, luego, en el Pánuco hasta el Golfo de México. Bellos y escondidos parajes a los que no resultaba tan fácil llegar.

Ahora debería ser menos difícil llegar a la modernidad y a un bienestar social que se base en el avance económico, pero en su necio anti-(neo)liberalismo nuestro presidente se confunde y se equivoca en forma garrafal.

A menudo se inventa enemigos (adversarios, les llama) en los periódicos o entre quienes han estudiado o han tenido éxito o lo abuchean por su pobre desempeño hacia algo que ya podría verse un poco mejor en cuanto a las perspectivas de crecimiento, empleo, seguridad o reducción de la impunidad y la corrupción.

La corrupción y la desigualdad nunca se van a acabar aunque él hable tanto de ello, pero ya podría dar muestras de que va a ser capaz de reducir la impunidad y la pobreza en forma permanente (no con dádivas) y con aumentos escalonados en un crecimiento económico que genere riqueza a distribuir. Pero, ojo, viene a ser lamentable y muy preocupante que nada hay de eso.

En el libreto continuado de mis artículos semanales en el periódico a partir del año 2002 (un año antes de que conociera a AMLO), se observa esa narrativa de dudas o temores que se van convirtiendo en realidades confirmadas. Hoy estamos ante la desembocadura de un río tan pertinaz como ilusorio, si bien la historia en sí nunca va a acabar.

Sólo se trata aquí de un par de flashazos que me vienen a la mente cuando pienso un poco en lo mucho que le pasa —y no le pasa— al malhadado presidente de nuestro país.

Hace tiempo, oigan, aprendí que hay algunas claves para la grandeza. Y una, muy importante, es precisamente la humildad. En realidad, sin embargo, en el gobierno y entre sus críticos pocos la practican sin caer en la simulación.

También se me ocurre que, en la política y en otras actividades, los errores y los fracasos pueden resultar de gran utilidad para quienes los saben aprovechar. Hace años escuché decir a un ex-presidente español que “es fácil meter la pata, pero hay que saber sacarla”. Muy cierto, y hay quienes parecen expertos en empeorar las cosas como el mismo López Obrador, sobre todo cuando intenta evadir su responsabilidad o negar sus frecuentes errores, lo cual implica no corregirlos.

Los riesgos y problemas importantes no se resuelven ni se olvidan y hasta pueden empeorar cuando se manejan tan mal en conferencias diarias que implican grandes riesgos. Las negativas a corregir errores pueden mostrar firmeza pero tienden a ser contraproducentes y muy costosas. Si acaso se podrán renovar y renovar las esperanzas hacia el futuro, como con un perrito que se quiere morder la cola.

Este futuro se ve negro no sólo para el Presidente y el sistema político que permitió su llegada, sino para un país que requiere de transformaciones. Lo reaccionario, lo divisivo, lo sectario, lo que polariza… no nos ofrece nada bueno. Es una pena que los esfuerzos que se realizan estén plagados de visiones equivocadas que, finalmente, no contribuyen a materializar sus buenas intenciones contra la corrupción y la pobreza sino empeoran las cosas, sobre todo cuando se intenta negar o evadir una responsabilidad, lo que implica no corregir errores.

Miren, sin escuchar lo suficiente y con una limitada cultura refranera de resentimiento, AMLO no podrá tener éxito. Si acaso consigue dividir y desafiar para entretenerse o darle impulso a su movimiento político y a su popularidad personal (que nada tiene que ver con resultados, al igual que la austeridad no equivale a honestidad).

Ojo, la pobreza y la inseguridad difícilmente se reducirán. Y las probabilidades de estancamiento e inestabilidad en la economía mexicana, podrán traer fuertes presiones hacia un colapso político que se tiene que evadir.

Cada uno de nosotros debe buscar que los empeoramientos nos afecten lo menos posible, sin dejar de luchar con mayor eficacia contra la corrupción. Y luego contribuir a levantarnos de nuevo a partir de buenas intenciones corregidas, hacia una transformación positiva y sin desechar un Estado de Derecho.

Veamos hoy con claridad las flamas del río de nuestro mejor pasado, para estimular lo bueno e intentar que nos vuelva a ir bien… en una ruta más clara hacia una nueva grandeza mexicana.

* NOS LEEMOS DENTRO DE unos meses. Espero que estén muy bien todos ustedes, amables lectoras y lectores… por acá, su seguro servidor y fiel escribano se siente a todo mecate. Como que busca uno que ‘al mal tiempo, buena cara’: Si el gobierno de la República confirma los peores presagios y no podemos hacer mucho, tal vez nos queda cuidarnos y distraernos un poco para llevarla lo mejor posible.

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