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¿Comodidad o compromiso?

Cuando hay cambios en una sociedad o se intenta el cambio de régimen, siempre surgen grupos de un lado y otro, que, sin argumentos, simplemente reaccionan ante una posible disminución de sus privilegios o ante la esperanza de adquirirlos. Uno y otro extremo, se caracterizan por ser totalmente irracionales y por tanto manipulables por quienes se benefician del “ruido social” que generan.

En México, es increíble la cantidad de grupos que surgen en redes sociales contra AMLO: “El país contra Andrés”, “Fuera AMLO”, «Margarita de vuelta a los Pinos”, “Peligro para México”, “unidos por México”, etcétera.

Todos coinciden en que AMLO está destruyendo el País, que no ha cumplido sus promesas, que busca reelegirse y que solo representa un grupo nuevo de corrupción, pero no hay uno solo que difunda propuestas factibles, datos técnicos reales y ánimo constructivo: Con que se vaya AMLO, están contentos, lo demás, es lo de menos. Aunque en el fondo saben que no lograrán lo que piden, íntimamente esperan que “compren” su silencio con algún tipo de prebenda.

Todos ellos pareciera que solo explotan el morbo, el temor al cambio, las inseguridades de sus seguidores y la melancolía por un México fácil, de transas, sin Ley, de mediocridad, futbol, telenovelas y demás mitos útiles para mantener a una clase media (la que trabaja, consume y se endeuda) manejable, aletargada y apática, pero eso sí, permitiéndoles gritar a los demás, lo que “tienen» que hacer.

Del otro lado, en el extremo contrario pero con un fanatismo equiparable, están los que defienden a AMLO o a quien quiera que les prometa lo que nunca han tenido pero siempre han anhelado. Igualito que antes apoyaban al candidato oficial que se paraba en la plaza principal a decirles que había llegado con él la justicia (acompañada de tortas y láminas), hoy, potenciado por la tecnología, creen y se aferran a su rayito de esperanza. Cualquiera que les distraiga y ofrezca, aunque sea momentáneamente, olvidar o cambiar su propia realidad, lo apoyarán de la única manera que saben hacerlo: con los ojos cerrados y la razón apagada. Igual que confían en su equipo de futbol, en sus santitos y objetos mágicos o en que sus males pueden desaparecer producto de un acto de fe o magia.

Dos extremos, dos lados de una misma moneda que circula en un país sin educación. Dos bandos, uno muy pequeño pero que tiene los recursos para hacer parecer que representa el sentir de la nación aunque no pase ni el más elemental filtro de la razón, y otro, muy grande pero que, lamentablemente, ni siquiera sabe que es lo que quiere, necesita o puede aportar. Lo difícil no es identificarlos, lo difícil es hacer que uno y otro se dejen de gritos y sombrerazos y se pongan a trabajar; que uno y otro participen de manera efectiva, ordenada y sostenida en el camino hacia el cambio. Pero ¡oh México Kafkiano!: ¿Hacia donde? ¿Cómo? ¿Qué le toca hacer a toda esa población que está en medio de los dos extremos fanatizados? ¿Cómo convencernos de que no se requiere tener un líder que nos diga qué hacer, cómo hacerlo y cuando hacerlo, sino únicamente hacer lo que ya sabemos que nos corresponde?

Las respuestas quizá no estén en los qué sino en los cómo. Los ambiciosos y hasta ilusorios escenarios que plantea AMLO como todo dirigente nacional con un micrófono y cámara enfrente, son difíciles de cumplir con una población que carece de educación, que es víctima de la inseguridad, que alimenta diariamente la corrupción desde la más temprana edad, que sigue atada a mitologías anacrónicas, que guía su lenguaje, moda y actuar por patrones cambiantes generados -¿arbitrariamente?-por las redes sociales y que, además, como en todo el orbe, vive una época de transición hacia el homo-tecnologicus. Las respuestas quizá sea más fácil encontrarlas en la responsabilidad propia, esa que se expande desde el entorno de cada quien. Tal vez tenga más eco en el futuro de la Nación el que cada quien empiece a cumplir y exigir el cumplimiento de las normas ya existentes, en lugar de buscar cambiarlas bajo la falsa premisa de que cambiando el nombre de las cosas cambian las cosas.

Hoy tenemos nuestra propia realidad, tangible y comprobable: al igual que tenemos un profesor o quizá un jefe, un contador, un amigo, un vecino o un enfermo, etc., también contamos con un presidente (electo por la mayoría de un País sin educación), un diputado (que representa lo que produce la sociedad), un alcalde (que también es hermano, sobrino, tío, esposo, etc. de esa misma localidad y por tanto un hilo más de ese tejido social). Así es, ahí están. Tenemos dos opciones: o trabajamos con ellos exigiéndoles, vigilándolos, involucrándonos, apoyándoles con el cumplimiento de nuestra tarea y exigiéndoles resultados, honestidad y transparencia, o bien, seguimos como estamos: quejándonos sin hacer nada, sin comprometernos. Que podemos tener unos mejores funcionarios, seguramente es verdad; lo cierto es que en algún punto debe romperse el circulo, dejar de quejarnos y abonar a soluciones, sin limitarse a señalar -y causar- los problemas. Cumplamos para exigir el cumplimiento. Estudiemos para saber tomar mejores decisiones. Cambiemos nosotros para que cambie el País. Nadie puede esconderse bajo la excusa de que el sistema es el que no funciona, pues el sistema es la suma de individualidades. Nadie puede argüir que no cambiará hasta que los demás lo hagan, pues ello provoca inmovilidad. A nadie le está permitido decir que no sabe qué es lo correcto y qué no lo es, pues la lista de lo que no debe suceder, está visible en cada noticiero:  robó, se corrompió, traficó, violó, reprobó, se fugó, mató, etc. ¿quien se atreve a cumplir con su parte?

Quien hace lo mismo y espera resultados distintos, es un loco o un estúpido.

SG

2019

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